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(13.00) Nos aproximamos en el bus al complejo fronterizo Los Horcones, ahí oficialmente salimos de Chile y entramos a Argentina. Por los parlantes del bus, el “azafato” Nicolás (un as del camino), nos anunció los pasos a seguir. Eran 10 etapas que nos dejarían legalmente al lado argentino de la cordillera de Los Andes.
Lo primero era ponernos a la fila con el bus y esperar ahí. Afuera había un sol rotundo y la gente comenzó a impacientarse a causa de la espera. No duramos ni 10 minutos detenidos en la fila cuando vimos que gente que iba en nuestro mismo bus andaba paseando por los alrededores del complejo… nos bajamos también, nos pusimos al sol y nos sacamos unas fotos. Corría mucho viento a pesar del calor de la montaña.
Había varios perros y eran todos rucios. Deben haber sido familiares pues no debe ser fácil encontrar cruza ahí en medio de la cordillera. Les caímos simpático y pronto nos olvidaron y se fueron a echar a la sombra. Afuera de Los Horcones había un mástil que sostenía una bandera argentina desgarrada por el viento y un par de kioscos que vendían productos de ambos países fronterizos a unos precios igual de fronterizos. Impensables y como recién comienza el viaje no estuvimos ni cerca de volvernos locos por comprar, además habíamos comprado en Santiago bebida y galletas para el viaje.
Vi una camioneta de turismo que me recordó a una que había visto por la tele en un reportaje sobre los lanzas internacionales y las formas que tienen para salir del país a pesar de sus prontuarios. Pues, una de estas empresas les hacía la movida para pasar sin problemas por Los Horcones, con tretas como quedarse a un ladito mientras los demás se registraban o quedarse en el baño. Me saqué una foto porque me gustó el detalle, jajaja.
Ya cerca de las 2 de la tarde y cuando ya nos estábamos acalorando en serio vino el momento de subir otra vez al bus para entrar al complejo en sí y pasar por las casetas de Policía Internacional de Chile y de Argentina. Ahí nos dio frío. Era un galpón oscuro con casetas tipo peaje por las que pasaban los autos y buses. Eché de menos por primera vez mi polerón rojo que quedó olvidado en la Rolling Stone. Dejamos pasar el rato sin revisar la hora puesto que nos tuvimos que bajar solo con nuestros documentos y tarjetas de entrada/salida. Yo de todos modos bajé mi bolso naranjo y la cámara réflex porque nunca se sabe y no iba a pasar susto.
Estábamos parados todos los pasajeros del Cata sin saber qué hacer cuando de repente Nicolás nos llama a todos a ponernos en una caseta. Con Rodrigo quedamos casi de los primeros y nos tocó el turno de salir de Chile. Ahí el funcionario de Policía Internacional nos miró las caras, metió nuestras Cédulas de Identidad a una maquinita que dio una luz verde y nos puso unos timbres de salida con la fecha: 30 de enero de 2007. Perfecto… pero siempre que he salido del país pienso en ese momento, y más ahora que fue por tierra y no por aire… ya no estoy en Chile y tampoco en Argentina, ¿dónde estoy en este momento? Es un instante de incertidumbre en la vida del viajero.
Estuvimos en la nada unos 10 minutos estimo. Tuvimos que esperar hasta que todo el bus hiciera el trámite y ahí Nicolás nos dijo que nos tardaríamos pues solo una caseta argentina estaba atendiendo. Mal. Estábamos ahí desolados flotando en ningún país cuando un muchacho de Policía Internacional argentina llegó a una de las casetas vacías con su termo lleno de agua. Sí, no había más gente trabajando porque se le había acabado el agua del mate. Fue muy gracioso y más graciosa fue su forma de dejarnos entrar a su país.
Si en “Chile” nos miraron a ver si éramos los mismos del carné y nos metieron en una maquinita validadora, en “Argentina” el tipo nos recibió la tarjeta de entrada, le pegó unos timbrazos y ni de casualidad nos miró la identificación. Él quería pegarse su chupadita de mate pronto y olvidarse de nosotros los pasajeros del Cata, comandados por el diligente Nicolás que casi se consiguió un funcionario para que nos dejara partir pronto.
Una vez oficialmente al lado argentino llegó el momento emocionante de la revisión del equipaje. Fuimos al bus siguiendo la orden de bajar TODO lo que tuviéramos ahí. Salí con mi bolso y la cámara. Rodrigo con su banano y la guitarra. Era el momento en que debíamos llevar droga o algo prohibido. Era el momento. Nos pusieron frente a unos mesones y todos los pasajeros debíamos poner ahí nuestro equipaje para que viniera el policía a registrarlo. Llegamos y me demoré más en abrir el cierre de mi bolso que lo que se demoró el tipo en pasar por el lado sin siquiera verme. Plaf. Comentamos lo de las drogas con Rodrigo y ta, ya no lo habíamos hecho y estábamos listos para irnos.
Cuando nuestro equipaje que iba en la carga pasó, Rodrigo sacó su chaqueta que después me salvó la vida, pues nos subimos al bus y empecé a pasar puro frío. Empezaba el largo y fome camino a Mendoza. Ah, para cuando salimos eran cerca de las 16.00 y Nicolás se dispuso a darnos almuerzo.
Cargado originalmente por hortensia violencia.
Fue la primera foto del viaje y la primera también después de cruzar el túnel del Cristo redentor. Salió mala pero era un momento de emoción, que se le ve en la cara al Rodrigo.
La primera vez que fui a Miami a la casa de mi tío fue a fines del 93. Me puse tan nerviosa en la víspera que me enfermé del estómago (aún me pasa a veces que mi guatita reacciona por mí). Tuve un viaje molesto de unas 8 horas arriba del primer avión de mi vida, pero estaba mi madre. Ella me acompañó al baño cuando lo necesité y eso fue hasta un par de días después de haber llegado a Estados Unidos. En mi viaje de verano pasado tuve problemas digestivos toodo el viaje, estaba más que con los nervios rotos. Ahora tuve ansias por viajar, pero tanta alegría y ganas que no me alcancé a enfermar.
Anoche me acosté tranquila a pesar de estar tan ansiosa. Desperté como nueva y me quedaba nada más que ocuparme de mí y salir al terminal de buses. Ahora no temía que Rodrigo no llegara pero sí que se quedara dormido (ya había sucedido en nuestro primer paseo juntos, un fin de semana largo en que fuimos a Valparaíso). Me duché, me lavé el pelo, desayuné no tanto porque se me podía revolver el estómago y bajé mi mochila y mi bolso naranjo a la Rolling Stone con mi papá y mi hermano.
Tuve una despedida tierna con mi mamá. Ella que un año atrás me decía adiós intranquila estaba contenta de verme partir con tantas ganas. Y me miró desde la ventana del cuarto piso que da a los estacionamientos y me hizo chao. Y yo le hice chao de vuelta desde el asiento del copiloto de la Rolling. Mi papá conducía y en el “asiento” trasero de la camioneta viajaba mi hermano y mi mochila.
Íbamos por el costado de la Autopista Central (la Panamericana en Santiago) y cuando llegábamos a la Alameda mi hermano dice: ¿qué es ese edificio? Con mi papá le respondimos: Un motel po, ¿no se nota? Y se notaba. Felipe (mi hermano) había llegado hace poco a Chile al cabo de 3 años viviendo en Miami con mi tío y preguntaba qué era cada cosa o si siempre había estado ahí, a pesar de su buena memoria. Seguimos el viaje cantando los temas que pasan en la radio Oasis (102.1 fm) y cuando llegamos al terminal Santiago nos fuimos a estacionar a un subterráneo donde poco antes habíamos estado cuando mi tía Irene se volvió a Chiloé.
En la bajada de la Rolling Stone sufrí una pérdida que me penaría y no durante el viaje. Mi poleroncito rojo con cierre y gorro. Lo llevaba en la mano para subirlo al bus y me bajé yo, mi bolso naranjo, mi mochila y lo dejé en la camioneta. Apenas me subí al bus noté que no estaba y ahí fui donde más lo eché en falta… en la noche en medio de la pampa tuve bastante frío.
Siempre que con Rodrigo íbamos al terminal de buses para nuestros paseítos por el día o por vacaciones cortitas pensábamos: Nos podríamos ir a Argentina. Vámonos a Argentina. Qué rico sería irse lejos. Iba caminando por donde mismo lo decíamos siempre, para juntarme con él e irnos. Y nos asomamos con mi papá y mi hermano al mostrador de Cata y estaba el Rorro esperándome. Lo saludé y me dieron ganas de decirle: Ahora sí nos vamos a ir a Argentina, nos vamos a ir lejos como decíamos siempre. En cambio le pregunté si no había llegado hace mucho y me dijo que había llegado temprano pero que estaba bien. Era cerca de las nueve y media. Le pedí los pasajes y fui al mesón a hacer el trámite que faltaba.
Arreglé dos cosas ahí. A mi pasaje agregué mi nombre y mi RUT. Al de Rodrigo le hice agregar, para efectos de la nómina oficial con la que pasaríamos Policía Internacional, su primer nombre, Jaime. Entonces tenían una lista con los pasajeros y adelantito de Rodrigo Alarcón López anotaron JAIME. Él cree que fue un capricho mío por molestarlo por ser Jaime y creerse Rodrigo, pero lo hice por una cuestión de legalidad. Él es oficialmente Jaime Alarcón y no Rodrigo Alarcón. Quedó todo en regla.
El hombre del mostrador escribió con lápiz pasta azul un 45 bien grande sobre los pasajes, que indicaba el andén en que estaba nuestro Cata de dos pisos (Alarcón eligió segundo piso para hacer el viaje más emocionante). Cuando él compró los pasajes le pusieron un timbre que decía ANDEN DEL 40 AL 49, así que con el 45 que puso el señor estábamos listos para irnos sin equívoco alguno. Acompañados de mi padre y de Felipe caminamos al andén 45. Ahí ya estaban varios pasajeros haciendo fila para poner sus equipajes en el maletero. Nosotros nos unimos aunque con bastante más calma que varios. Solo teníamos que meter nuestras mochilas así que no tuvimos problema. Unas mujeres querían poner unas cajas y les insistieron en que eso no era equipaje, que solo llevaban bolsos, maletas y mochilas. Tanta fue la obstinación por viajar con sus cosas que solo una de ellas viajó. La otra quedó haciendo chao desde el andén.
La gente empezó a subir al bus y nosotros nos despedimos de mi hermano y mi papá. Yo les di sus abrazos y me pidieron que me cuidara; a Rodrigo también. Nos dimos buenos deseos y nos encaramamos en el bus Cata que estaba más bien lujoso. El bus se juraba. Subimos una escalerita y llegamos a nuestras butacas (25 y 26) y me senté en la ventana para hacerle chao a mi papá y a mi hermano. Al rato el bus encendió el motor y se empezó a mover lentamente para dejar el terminal Santiago. Como las locas, me dieron ganas de gritar: ¡Rorro! ¡Nos vamos! ¡AAAAHH! En cambio nos dimos la mano y nos dimos unas sonrisas. Nos íbamos para las Argentinas. Al fin.
Acabé haciendo mi mochila sola y desdeñando varias prendas que mi madre insistía en que llevara. Pretendo dejar un espacio para traer aunque sea un libro, un disco, algún regalo (no tanto tampoco).
Mañana partimos a Buenos Aires, el bus sale a las 10:15 pero nos juntaremos poco más de una media hora antes, pues cuando Rodrigo fue a comprar los pasajes no pudo llenar todos mis datos… le faltó recordar algunos números de mi RUT. De ahí será un día de viaje y quiero ver cómo se enfrenta algo así. Va a estar difícil la cosa.
Mientras mi madre me decía que llevara tal polerón o cierto número de pantalones yo me recordé empacando el verano pasado para ir a Uruguay. Ya terminaba pero me negaba a cerrar la maleta, la miraba y no me resignaba. En eso me llamó Rodrigo y tuvimos una torpe conversación en la que él me preguntaba si estaba lista para irme y yo le decía que no sabía; me deseó lo mejor, le deseé un par de estupideces de vuelta y cortamos. Lo extrañé en ese viaje, mañana en cambio me voy con él y siento ansias grandes de cerrar la mochila para que nos marchemos y hagamos el paseo que planeamos hace meses.
Voy a dormirme mejor porque tengo un poco de nervios y hasta pienso que llego al terminal y toca que el Rorro se arrepiente y jamás aparece. Plantada en la pisadera del bus Cata, jajajaja. Bueno, no lo creo, pero a estas alturas, cuando el viaje tan esperado está encima, pienso cualquier huevada. Es un poco increíble que es mañana, es muy bueno que de verdad nos vamos.
Me deseo buenas noches y ya mañana se las desearé a Rodrigo también por al menos 20 noches más.






