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La primera vez que fui a Miami a la casa de mi tío fue a fines del 93. Me puse tan nerviosa en la víspera que me enfermé del estómago (aún me pasa a veces que mi guatita reacciona por mí). Tuve un viaje molesto de unas 8 horas arriba del primer avión de mi vida, pero estaba mi madre. Ella me acompañó al baño cuando lo necesité y eso fue hasta un par de días después de haber llegado a Estados Unidos. En mi viaje de verano pasado tuve problemas digestivos toodo el viaje, estaba más que con los nervios rotos. Ahora tuve ansias por viajar, pero tanta alegría y ganas que no me alcancé a enfermar.
Anoche me acosté tranquila a pesar de estar tan ansiosa. Desperté como nueva y me quedaba nada más que ocuparme de mí y salir al terminal de buses. Ahora no temía que Rodrigo no llegara pero sí que se quedara dormido (ya había sucedido en nuestro primer paseo juntos, un fin de semana largo en que fuimos a Valparaíso). Me duché, me lavé el pelo, desayuné no tanto porque se me podía revolver el estómago y bajé mi mochila y mi bolso naranjo a la Rolling Stone con mi papá y mi hermano.
Tuve una despedida tierna con mi mamá. Ella que un año atrás me decía adiós intranquila estaba contenta de verme partir con tantas ganas. Y me miró desde la ventana del cuarto piso que da a los estacionamientos y me hizo chao. Y yo le hice chao de vuelta desde el asiento del copiloto de la Rolling. Mi papá conducía y en el “asiento” trasero de la camioneta viajaba mi hermano y mi mochila.
Íbamos por el costado de la Autopista Central (la Panamericana en Santiago) y cuando llegábamos a la Alameda mi hermano dice: ¿qué es ese edificio? Con mi papá le respondimos: Un motel po, ¿no se nota? Y se notaba. Felipe (mi hermano) había llegado hace poco a Chile al cabo de 3 años viviendo en Miami con mi tío y preguntaba qué era cada cosa o si siempre había estado ahí, a pesar de su buena memoria. Seguimos el viaje cantando los temas que pasan en la radio Oasis (102.1 fm) y cuando llegamos al terminal Santiago nos fuimos a estacionar a un subterráneo donde poco antes habíamos estado cuando mi tía Irene se volvió a Chiloé.
En la bajada de la Rolling Stone sufrí una pérdida que me penaría y no durante el viaje. Mi poleroncito rojo con cierre y gorro. Lo llevaba en la mano para subirlo al bus y me bajé yo, mi bolso naranjo, mi mochila y lo dejé en la camioneta. Apenas me subí al bus noté que no estaba y ahí fui donde más lo eché en falta… en la noche en medio de la pampa tuve bastante frío.
Siempre que con Rodrigo íbamos al terminal de buses para nuestros paseítos por el día o por vacaciones cortitas pensábamos: Nos podríamos ir a Argentina. Vámonos a Argentina. Qué rico sería irse lejos. Iba caminando por donde mismo lo decíamos siempre, para juntarme con él e irnos. Y nos asomamos con mi papá y mi hermano al mostrador de Cata y estaba el Rorro esperándome. Lo saludé y me dieron ganas de decirle: Ahora sí nos vamos a ir a Argentina, nos vamos a ir lejos como decíamos siempre. En cambio le pregunté si no había llegado hace mucho y me dijo que había llegado temprano pero que estaba bien. Era cerca de las nueve y media. Le pedí los pasajes y fui al mesón a hacer el trámite que faltaba.
Arreglé dos cosas ahí. A mi pasaje agregué mi nombre y mi RUT. Al de Rodrigo le hice agregar, para efectos de la nómina oficial con la que pasaríamos Policía Internacional, su primer nombre, Jaime. Entonces tenían una lista con los pasajeros y adelantito de Rodrigo Alarcón López anotaron JAIME. Él cree que fue un capricho mío por molestarlo por ser Jaime y creerse Rodrigo, pero lo hice por una cuestión de legalidad. Él es oficialmente Jaime Alarcón y no Rodrigo Alarcón. Quedó todo en regla.
El hombre del mostrador escribió con lápiz pasta azul un 45 bien grande sobre los pasajes, que indicaba el andén en que estaba nuestro Cata de dos pisos (Alarcón eligió segundo piso para hacer el viaje más emocionante). Cuando él compró los pasajes le pusieron un timbre que decía ANDEN DEL 40 AL 49, así que con el 45 que puso el señor estábamos listos para irnos sin equívoco alguno. Acompañados de mi padre y de Felipe caminamos al andén 45. Ahí ya estaban varios pasajeros haciendo fila para poner sus equipajes en el maletero. Nosotros nos unimos aunque con bastante más calma que varios. Solo teníamos que meter nuestras mochilas así que no tuvimos problema. Unas mujeres querían poner unas cajas y les insistieron en que eso no era equipaje, que solo llevaban bolsos, maletas y mochilas. Tanta fue la obstinación por viajar con sus cosas que solo una de ellas viajó. La otra quedó haciendo chao desde el andén.
La gente empezó a subir al bus y nosotros nos despedimos de mi hermano y mi papá. Yo les di sus abrazos y me pidieron que me cuidara; a Rodrigo también. Nos dimos buenos deseos y nos encaramamos en el bus Cata que estaba más bien lujoso. El bus se juraba. Subimos una escalerita y llegamos a nuestras butacas (25 y 26) y me senté en la ventana para hacerle chao a mi papá y a mi hermano. Al rato el bus encendió el motor y se empezó a mover lentamente para dejar el terminal Santiago. Como las locas, me dieron ganas de gritar: ¡Rorro! ¡Nos vamos! ¡AAAAHH! En cambio nos dimos la mano y nos dimos unas sonrisas. Nos íbamos para las Argentinas. Al fin.





